Un primer paso es no perder la motivación. Si los padres son sumamente exigentes con el rendimiento académico de sus hijos o valoran negativamente su comportamiento o su modo de vestir hay que tratar de que ello no afecte a la autoestima. Aunque es difícil, hay que procurar que los intereses, gustos o motivaciones no se vean alterados por las críticas negativas de los progenitores. Hay que intentar reforzar la autoestima y actuar con seguridad, aun cuando dichos intereses sean distintos a los de los padres. Es interesante tratar de impulsar la comunicación y el diálogo, haciendo partícipes a los padres de los problemas que se tengan y las dificultades que hay que afrontar para que comprendan que aún no se es lo suficientemente maduro para determinado reto o no se está capacitado para llevarlo a cabo. También se ha de hablar de los gustos y las motivaciones, y de lo importante que es que se respeten. Asimismo, es conveniente que se planteen los aspectos negativos de las críticas, cómo hacen sentir, cómo deterioran la autoestima, llamando la atención sobre lo necesario que es recibir apoyos y felicitaciones por los logros alcanzados, sobre la importancia de que se resalten también los aspectos positivos, no solo los negativos, y se valore también el esfuerzo. Por último, se debe defender la necesidad de cometer errores, de equivocarse. Y que, lejos de criticar, es en esos momentos cuando resulta fundamental recibir comprensión y, por supuesto, también ayuda.