El estrés es positivo cuando nos mantiene en alerta, pero se vuelve negativo cuando es un estado constante.
En los niños es positivo, por ejemplo, cuando se dan cuenta de que se les olvidó una cartulina que debían llevar a la escuela, o cuando deben asistir al entrenamiento y se les hace tarde;
en estos casos, el estrés hace que el niño se active para solucionar el problema.
Por otro lado, el estrés es negativo cuando se presenta con intensidad y con mucha frecuencia, provocando que el menor no pueda calmarse, y eso comienza a traer dificultades en su vida.
El estrés en los niños se manifiesta de dos formas: los síntomas se pueden interiorizar, es decir, ser más emocionales, o pueden exteriorizarse, mostrando conductas perceptibles.
Cuando un pequeño interioriza el estrés, puede estar muy distraído, porque está enfocado en aquello que le preocupa.
También, el menor estresado puede ser muy callado, y solo pensamos que no es problemático, pero es tanta la inhibición que no tiene amigos y no se comporta como niño.
En cambio, cuando el estrés se exterioriza, los pequeños están muy irritables constantemente, se enojan fácilmente, se pelean.
El niño incluso puede sentirse agredido en una situación tan normal como cuando el papá le pida que acomode su mochila;
pero, en realidad, no siente molestia por hacer la mochila, sino que está tan enfocado en aquello que le preocupa, que explota y salen cuestiones de agresividad.
Dificultades para dormir, fatiga y dolores de cabeza frecuentes, morderse las uñas, enroscarse el pelo o mover la pierna de forma compulsiva, dificultad para concentrarse, apatía, pasividad, tristeza y bajo rendimiento escolar son algunos de los síntomas que indican que un niño padece estrés.