La tristeza que acompaña a muchas personas mayores impide ver que, en ocasiones, están sufriendo un trastorno depresivo profundo. Algunas personas mayores que se han quedado solas, especialmente si siguen residiendo en su vivienda habitual, comienzan a vivir el día a día con gran apatía, tristeza y desilusión. Nada les motiva, tienen una visión muy pesimista del futuro, piensan en exceso en la proximidad de la muerte y echan de menos a las personas que no están. Todo ello hace que no tengan ganas de hacer nada, que se aíslen, que les cueste salir de casa, que se alimenten mal y que caigan en una falta de higiene y una dejadez que son los síntomas más visibles de lo que les ocurre. Además, los achaques físicos, la falta de peso o el insomnio pueden ser consecuencia de este estado y a su vez contribuir a agravarlo, en una pescadilla que se muerde la cola si no se toman medidas.
Los trastornos de ansiedad también son frecuentes entre las personas mayores. De facto, se estima que la sufren en torno al 10 % de las personas mayores de 65 años. Normalmente se manifiesta en forma de ataques de pánico o de nervios ante la posibilidad de que se produzcan determinadas situaciones que no han ocurrido y puede que ni ocurrirán. Normalmente, el objeto que desencadena la ansiedad no es concreto sino algo mucho más indefinido y, por lo tanto, difícil de gestionar. Vivir en una especie de estado de alerta, con miedo y con sensaciones físicas como tensión muscular, nervios, palpitaciones o sudoración es lo que sienten con demasiada frecuencia muchas personas mayores. Además, esta ansiedad genera un malestar y una impotencia frente a la vida que aún les hace vivirla de forma más angustiosa. Ansiedad generalizada, ataques de pánico, agorafobia, hipocondría… son algunas formas en las que se manifiesta este problema de ansiedad en las personas mayores.