Los disparadores emocionales pueden ser situaciones, hechos o circunstancias que cada vez que se presentan crean una respuesta emocional aparentemente irracional. Por lo general, tienen su origen en emociones reprimidas: viejas heridas no cicatrizadas de la infancia, experiencias traumáticas... y también con la incapacidad para lidiar con emociones fuertes. Es decir, si esas emociones no se sacan al exterior se ‘hacen bola’ en el interior. Cuando esa regulación y esa capacidad de resilencia fallan, los disparadores emocionales nos la juegan y se activan de forma automática provocando reacciones desmesuradas y convirtiéndonos en víctimas de emociones como la ira, el desprecio o el miedo.
Algo que, por cierto, puede resultar muy complicado si durante años hemos desarrollado métodos de negación. Un método eficaz es iniciar un 'diario emocional’ en el que durante un periodo más o menos largo debemos anotar nuestras reacciones más significativas. Gracias a ello es probable que podamos comenzar a identificar aquellas situaciones que con mayor frecuencia nos llevan a perder el control. Nosotros somos los principales responsables y tenemos la capacidad de dejarnos enredar de nuevo por esa emoción o dejarla ir. Conviene, al mismo tiempo, compartir lo que cada uno ha descubierto y expresar lo que se siente. Por último, hay que escarbar más allá del disparador emocional para descubrir qué necesidad insatisfecha o expectativa que no se ha cumplido están detrás de él. Cada cual tendrá las suyas -necesidad de amor o cariño, autoaceptación, reconocimiento por parte de los demás, atención, libertad de actuación...- pero si llegamos al fondo de la cuestión estaremos más cerca de solucionar aquello que nos descontrola.