El Trastorno Límite de la Personalidad es un trastorno asociado al neurodesarrollo. Se considera que es el resultado de la interacción entre una vulnerabilidad determinada biológicamente y una serie de circunstancias ambientales estresantes que comprometen el proceso de maduración emocional del individuo. Esto provoca que en la adolescencia se manifieste una capacidad para gestionar las emociones negativas más baja de lo que ya sería esperable a esta edad y se desarrolle un patrón de relaciones interpersonales caracterizado por la inestabilidad y la dependencia. En este contexto, empiezan a manifestarse conductas poco adaptativas para controlar el malestar, como las autolesiones o el consumo de drogas, que repercuten negativamente en el funcionamiento del sujeto a diferentes niveles: relación con la familia, rendimiento académico, vida afectiva y vida social.
Además, las manifestaciones tempranas del TLP acostumbran a ir asociadas a una mayor impulsividad, por lo que el riesgo de conductas suicidas es muy elevado. La evolución del trastorno a lo largo de la vida, sin tratamiento, se asocia a importantes carencias a todos los niveles y abordajes terapéuticos de mayor complejidad, en relación con los que se pueden aplicar al adolescente o adulto joven.
La prevalencia del TLP en la población general adulta se sitúa entre el 1,4 y el 5,9% y se considera el Trastorno de Personalidad más diagnosticado en los diferentes niveles asistenciales. En los adolescentes, el TLP tiene una prevalencia entre el 0,7 y el 2,7%.
Es importante la identificación y tratamiento precoz de conductas o trastornos asociados a un mayor riesgo para desarrollar un TLP, como por ejemplo las autolesiones o el Trastorno por Déficit de Atención y/o Hiperactividad. Es necesario potenciar todas aquellas estrategias orientadas a evitar el consumo de drogas y alcohol, principal factor de mal pronóstico en el TLP. Hay que trabajar para prevenir el deterioro del funcionamiento psicosocial del adulto con un TLP de larga evolución.