La intolerancia a la frustración en las relaciones de pareja es uno de los grandes caballos de batalla. Hay quien no acepta ciertas reacciones, decisiones o comportamientos del otro y exige un cambio. Cuando esto no sucede, surge el enfado, la ira y la frustración, porque cuando no hay tolerancia ni aceptación, se deriva en estas conductas claramente problemáticas.
La baja tolerancia a la frustración es una de las emociones más comunes y, a su vez, de las peor gestionadas por el ser humano. Algo que deberíamos haber superado ya en la infancia se arrastra en la vida adulta.
La persona con baja frustración confunde deseos con necesidades; lo que quiere en un momento dado, lo quiere ya. En caso de no obtenerlo, aparece el reproche, la proyección de la culpa sobre la pareja y el mal humor.
Explosiones emocionales, lo que siento me controla y lo proyecto sobre ti.
Otra característica de la intolerancia a la frustración en las relaciones de pareja es la incapacidad para manejar las emociones. De este modo, la persona que no sabe manejar esta realidad, vive hostigado constantemente por su propia ira, por la rabia y el enfado.
Lejos de reconocer su incapacidad para controlar sus emociones, se limita a culpabilizar al otro de su malestar.
La vida con una persona que está eternamente frustrada tiene el sabor de la infelicidad. Estamos ante una personalidad inmadura y, alguien con este perfil, no solo dará forma a comportamientos inmaduros, sino que derivará a menudo en conductas pasivo-agresivas.
Quien se frustra y acumula ira, porque no somos como se espera, no entiende de aceptación y tolerancia.