La infancia es donde se construyen los cimientos de la salud mental de un ser humano: es una etapa de vital importancia que moldea la personalidad y el carácter de la persona en la que se convertirá en la adultez.
Pero no solo eso, sino que también impacta en su forma de percibirse a sí misma, cómo serán sus vínculos y relaciones con otros, así como sus conductas y comportamientos.
La infancia es el periodo clave de desarrollo del cerebro y la formación de conexiones neuronales.
Así, todas las situaciones y experiencias -tanto positivas, como negativas- que los niños vivan impactarán en su desarrollo cerebral y las funciones del mismo.
Esto significa que lo que la infancia experimenta en su edad temprana no solo influirá en el momento presente, es decir cuando son niños, sino que también lo hará en su futuro, cuando sean personas adultas.
De hecho, aquellas personas que han vivido experiencias traumáticas o episodios difíciles durante la infancia son más propensos a desarrollar, posteriormente, problemas de salud mental, como ansiedad, estrés crónico, depresión o estrés postraumático.
Un hogar donde el niño se siente seguro, protegido, atendido, amado y cuidado ayudará a crear en él un apego seguro, un mayor nivel de bienestar y un mejor reconocimiento y gestión de sus emociones.
Por el contrario, si se trata de un ambiente familiar de desprotección, donde hay incertidumbre y donde el niño no tiene sus necesidades emocionales cubiertas, incidirá en su personalidad futura y marcará, también, cómo se relaciona consigo mismo, sus emociones y tendrá una mayor tendencia a construir vínculos poco saludables con otras personas en el futuro.
Si ha habido experiencias traumáticas en la infancia, como la exposición a la violencia, el maltrato o la pérdida de un ser querido, habrá consecuencias en la salud mental de los niños en el presente y en su futuro como adultos.