Fomenten la autonomía personal, evitando conductas de sobreprotección o de rechazo.
Estimulen y potencien sus capacidades (especialmente, las lingüísticas).
Refuercen sus logros personales.
Verbalicen no sólo órdenes y demandas, sino también sentimientos, sensaciones, experiencias, etc.
Ayúdenle a que tenga un mayor contacto con su entorno social y natural.
El nivel de exigencia tiene que estar acorde a su edad y sus posibilidades reales.
Hablen más despacio, mirando a los ojos.
Pronuncien correctamente, sin exagerar ni gritar.
Repitan las oraciones si es necesario y/o intenten decir lo mismo de otra forma.
Dejen que se exprese libremente y no respondan por el niño.
Hay que atender y escuchar antes de hablar.
Utilicen gestos naturales para facilitar la comprensión.
También pueden favorecer dicha comprensión con preguntas alternativas.
Adecuen el tamaño y la dificultad de los mensajes al nivel del niño.
Pueden utilizar frases simples pero correctas.
Eviten enunciados interrumpidos o desordenados.
Adopten una actitud positiva frente al niño, reforzando y felicitándole ante sus progresos.
Deben evitar estrategias o correcciones que tengan una connotación negativa, como “hasta que no me lo digas no te lo doy” o “esto no es así”.
En su lugar, repitan la frase o palabra de forma correcta, acortando o ampliando sintáctica o semánticamente si fuera preciso.
Estimulen el lenguaje del niño en distintos lugares y contextos, favoreciendo así el desarrollo del vocabulario y la motivación de su hijo (por ejemplo: el zoológico, la feria, el supermercado, el tren, el circo, etc.).
Asimismo, permítanle que explore con distintos tipos de juegos y juguetes (puzles, encajes, cubos, juegos con sonido, distintos materiales, etc.).