La educación emocionalmente inteligente enseña al niño a manejar su mundo emocional, lo que se traduce en un comportamiento respetuoso, desde la empatía al control de la impulsividad.
Se reducen los comportamientos violentos, se favorece la buena convivencia y se previene la ansiedad, el estrés, la depresión, el consumo de drogas o la dependencia de las pantallas, además de mejorar el rendimiento académico.
Tener un buen nivel de aprendizaje en materias académicas no es suficiente, debe complementarse con unas buenas competencias emocionales.
Entre las ventajas de esta habilidad están la mejora de las relaciones personales, una mayor capacidad para la gestión del estrés y el cambio, una mejor toma de decisiones y un aumento del bienestar personal y la salud mental.
También potencia el liderazgo, la resolución de conflictos y el rendimiento en el ámbito laboral y académico.
Aprender esta capacidad también sirve para reducir la ansiedad, el estrés, la depresión o las adicciones, porque en todo ello subyace un componente emocional que se puede aprender a gestionar para prevenir desajustes en el desarrollo del niño.
La enseñanza de esta capacidad promueve el bienestar físico y mental integral de la persona, además de reforzar los vínculos sociales y contribuir a la gestión de problemas como el acoso escolar o la violencia interpersonal.
La educación emocionalmente inteligente enseña al niño a gestionar sus emociones, lo que es fundamental para un buen desarrollo personal y social.
Se puede cultivar en casa, a través de la práctica de técnicas diversas en la familia, como la relajación, la respiración consciente o la escucha empática.
El ejemplo de los progenitores es fundamental para que los hijos sean inteligentes emocionalmente, y es importante predicar con el ejemplo en el día a día.