Evitar la permisividad
Al principio puede ser más bien difícil.
Si sobreprotegemos a los niños, entendemos que, si dejamos de hacerlo, tal vez les hagamos daño.
Sin embargo, si no les dejamos experimentar el fracaso para que sepan hacerle frente ahora que son pequeños, cuando sean mayores será todo más difícil para ellos.
Ser ejemplo
Como adultos, debemos ser ejemplo siempre para los niños.
Si ellos ven que somos capaces de afrontar un fracaso de forma entera y madura, sabrán que tenemos la resiliencia necesaria, y actuaremos como el ejemplo en el que mirarse.
No acudir corriendo ante cualquier contrariedad
Es algo que hacen algunos progenitores.
En cuanto ven que sus hijos se han metido en un embrollo, aunque sea de dimensiones minúsculas, acuden prestos al rescate sin dar la oportunidad al infante para que use sus herramientas de resolución de conflictos.
Evitar que los fracasos se vean como algo negativo
En realidad, todos fracasamos en algún momento.
De hecho, estos fracasos son pozos de conocimiento y aprendizaje excelentes.
Si hacemos que el niño los vea como fallos negativos, jamás podrá aprovechar la sabiduría que hay en ellos.
Educar en el esfuerzo
Si después de haberse esforzado mucho, el niño falla y se frustra, hemos de ayudarle a entender que ha hecho cuanto ha podido y estaba en su mano, y lo debe ver como un error o una pérdida de tiempo, más bien es una lección.
En cualquier caso, los niños educados en el valor del esfuerzo suelen ser más positivos y creativos a la hora de resolver problemas de forma original y eficiente.
Ten claro siempre que, para que estas técnicas sean eficientes, hay que establecer objetivos razonables.
Así lograremos que los niños sean perseverantes, en base a refuerzos positivos que promuevan su independencia y su desarrollo.