Para mejorar la regulación emocional, podemos empezar entendiendo y nombrando las emociones, lo cual es algo muy importante para nuestra salud mental. Nombrar en voz alta la emoción presente en algún momento del día e intentar reconocer los diferentes componentes de la emoción es algo que podemos hacer para entrenarlo. También podemos intentar cambiar la respuesta emocional, disminuyendo la frecuencia de emociones indeseadas, deteniéndolas o cambiándolas. Chequear los hechos puede ser una forma de cambiar la respuesta emocional, preguntándonos qué emoción queremos cambiar, qué evento la disparó, qué interpretación hacemos sobre el evento. La acción opuesta se trata de cambiar una emoción que no encaja con los hechos o a la cual no podremos hacerle frente de la manera más habilidosa en el momento, aprendiendo a actuar en contra de dicha emoción. Disminuir la vulnerabilidad emocional es otro objetivo, realizado a través de realizar actividades que aumenten nuestro sentido de autoeficacia, autocontrol y competencia, anticipándonos a situaciones futuras o cuidando el cuerpo mediante la dieta, el sueño o el ejercicio físico. Manejar las emociones extremas es también fundamental, disminuyendo el sufrimiento emocional sin hacer cosas que puedan empeorar la situación, observando la emoción e identificando el punto en el que nuestras habilidades se quiebran. La habilidad STOP puede ser útil, detenerse momentáneamente, dar un paso atrás y respirar profundamente, observar qué sucede alrededor y dentro de uno, sin juzgar los hechos. También podemos usar habilidades TIP, como colocar la cara en agua fría, realizar ejercicio físico intenso, respiración pausada o relajación muscular, distraernos con actividades u otros pensamientos, o autocalmarnos aumentando la compasión con nosotros mismos y autovalidándonos.