La inseguridad emocional es una sensación de nerviosismo, malestar o temor asociado con diversas situaciones, ya sean sociales o relacionadas con la toma de decisiones. La inseguridad suele ser desencadenada por la percepción de uno mismo como vulnerable, o de una sensación de inestabilidad emocional que amenaza la autoimagen. Las personas inseguras carecen de confianza en sí mismas, en su valía y en sus capacidades, a veces carecen de confianza en los demás. La inseguridad puede promover estados de timidez, paranoia o aislamiento social, así como a conductas compensatorias como la agresividad, la arrogancia o el narcisismo. La inseguridad también puede causar un cierto grado de aislamiento. A mayor inseguridad, mayor el grado de aislamiento.
Las personas inseguras suelen presentar ciertos comportamientos frecuentes. Algunas de sus características más comunes son: Manifestar dudas constantes, posponer la entrega de informes o trabajos por creer que no son lo suficientemente buenos, o necesitar pruebas continuas de, por ejemplo, afecto por parte de la pareja para sentirse seguros. Confiar más en la opinión de los demás que en la propia. Esto provoca que, cuando reciben una valoración positiva, se sientan bien, pero cuando enfrentan críticas o rechazo, se sentirá mal. Se trata, en definitiva, de la tendencia a poner en manos de otros la valoración de lo que valemos, de nuestra autoestima, es decir, de depender emocionalmente de los demás.
La inseguridad puede ser superada con éxito a través de una terapia cognitiva. La autoestima y la seguridad en uno mismo son, únicamente, una cuestión de perspectiva y un problema puramente psicológico. El tratamiento de los problemas de inseguridad se basa, por un lado, en mejorar la autoestima y la independencia emocional y, por otro lado, en el trabajo de aquellos pensamientos poco ajustados a la realidad que pueden llevar a la persona a interpretarla de forma poco objetiva y distorsionada. La inseguridad mejorará conforme vaya mejorando la patología primaria.