Indiferencia, después de todo, es más peligroso que la ira o el odio. La ira puede ser a veces creativa. Uno escribe un gran poema, una gran sinfonía pero alguien hace algo especial por el bien de la humanidad porque uno está molesto con la injusticia de la que uno es testigo. Aún el odio a veces puede obtener una respuesta. Tú lo luchas, lo denuncias, lo desarmas. Indiferencia no obtiene respuesta. Indiferencia no es una respuesta. La indiferencia no es el comienzo; es el final. Y por lo tanto, indiferencia es siempre el amigo del enemigo porque se beneficia del agresor, nunca de su víctima, cuyo dolor es magnificado cuando él o ella se sienten olvidados. El prisionero político en su celda, los niños hambrientos, los refugiados sin hogar, se sienten abandonados, no por la respuesta a su súplica, no por el alivio de su soledad sino por que no ofrecerles una chispa de esperanza es como exiliarlos de la memoria humana. Y al negarles su humanidad traicionamos nuestra propia humanidad. Indiferencia, entonces, no es sólo un pecado, es un castigo. En lo profundo de las raíces de nuestra tradición, algunos de nosotros sentíamos que ser abandonados por la humanidad no era lo último. Nosotros sentíamos que ser abandonados por Dios era peor que ser castigados por él. Era mejor un Dios injusto que uno indiferente. Para nosotros, ser ignorados por Dios era un castigo más duro que ser víctima de su ira. El hombre puede vivir lejos de Dios, pero no sin Dios. Dios se encuentra dondequiera que estemos. ¿Aún en el sufrimiento? Aún en el sufrimiento. En cierta forma, ser indiferente a ese sufrimiento es lo que hace al ser humano en inhumano.
Tanta violencia, tanta indiferencia. Es, después de todo, torpe, problemático, estar envuelto en los dolores y las desesperanzas de otra persona. Allá, detrás de las puertas negras de Auschwitz, los prisioneros más trágicos eran, como eran llamados, los “Muselmanne,” (Término alemán usado en campos de concentración para referirse a prisioneros que se encontraban al borde de la muerte, ya sea por desesperanza, hambre, enfermedad o agotamiento). Envueltos en sus propias sábanas, se sentaban o yacían en el piso, con la mirada fija en el espacio, inconscientes de dónde estaban o quiénes eran, ajenos a su entorno. No sentían más dolor, hambre, sed. No le temían a nada. No sentían nada. Estaban muertos y no lo sabían. La indiferencia puede ser tentadora, más que eso, seductora. Es mucho más fácil alejarse de las víctimas.