La indiferencia genera un estado de insensibilidad, de anestesia afectiva, de frialdad emocional, y una situación de desapego psíquico, lo cual, si se vive así de forma inconsciente ocasiona problemas sociales. A las personas nos gusta sentirnos queridos, escuchados, entendidos y apreciados, y nos hace sentir mal la indiferencia, donde cualquier muestra de atención es mero teatro. La indiferencia endurece psicológicamente, impide la identificación con las emociones ajenas, distancia de las potencialidades de afecto y compasión, acorazando el yo, e invita al aislamiento interior, aunque la persona, en lo exterior, resulte muy sociable o incluso simpática. Una de las peores situaciones ante la que cualquier persona se puede encontrar no es el odio, ni la rabia contenida, ni la ira, ni que te miren de forma desafiante, es la Indiferencia, es mirar a unos ojos que no te digan nada, es hablar por hablar con alguien sin estar prestando atención a las palabras, es sentir soledad teniendo a alguien al lado, como si se fuese invisible. Se está en indiferencia cuando no hay creencias, cuando nada atrae y nada llama a asumir la defensa de lo que, alguna vez, se encuentra justo y bueno. La indiferencia es una “falta de diferencia”, lo que crea un estado, en el cual, no se distingue entre la luz y la oscuridad, el amanecer y el atardecer, el crimen y el castigo, la crueldad y la compasión, el bien y el mal.