La empatía se remonta a los primeros años de vida, por lo que el psicólogo Edward Titchener la llamó imitación motriz. David Goleman, psicólogo y uno de los máximos referentes de la inteligencia emocional, confirma lo arriba señalado después de obtener los resultados de un estudio en 1.011 niños.
Además, dicho estudio encuentra que los infantes se centran más en los mensajes emocionales no verbales, como gestos o tono de voz, que verbales, y que poseen mayor estabilidad emocional.
Continuamente, entre los cinco años y la adolescencia, apunta Howard Gardner: ‹‹los niños se esfuerzan por mantener sus patrones de amistad, también dedican mucho tiempo a pensar en el ámbito interpersonal.
Con esta capacidad acrecentada de colocarse en el lugar de otros individuos, se da el principio de formas recurrentes de conocimiento personal››.
En este sentido, el conocimiento de uno mismo permite desarrollar la capacidad cognitiva y afectiva para poder identificarse con el otro.
Para Martin Hoffman, psicólogo experto en inteligencia emocional, es precisamente la estrecha relación y cercanía tanto física como emocional que existe entre padres e hijos en la temprana infancia, lo que motiva el desarrollo de sentimientos y respuestas empáticas.
Este autor clasifica la empatía en el desarrollo infantil en 4 estadios: Empatía global, Empatía egocéntrica, Empatía con los sentimientos de los demás y Empatía con la desgracia general de los demás.
Por tanto, sus experiencias actuales no se reducen a la situación inmediata, más bien la trascienden y se conectan con vivencias pasadas.
Además, los adolescentes son capaces de sentir empatía por realidades ajenas a ellos.
Se conectan fácilmente con grupos sociales cuyos intereses quizás no corresponden a su situación particular: los discapacitados, discriminados, pobres, etc.
Debido a lo expuesto, es vital cuidar de los niños en todos los sentidos, cuidar los vínculos que mantenemos con ellos, atender sus necesidades emocionales y proporcionarles un ambiente estimulante física y emocionalmente.