Si el niño o niña pierde el control constantemente, no manifiesta empatía, no obedece las reglas con regularidad, manipula a otras personas, realiza rabietas, promueve el conflicto y no expresa remordimiento; y tiene hobbies o intereses muy vinculados a la violencia y la crueldad, es importante evaluar la atención profesional como método de prevención.
Un niño que tiene conductas o señales de agresividad debe recibir apoyo de los adultos más próximos a él, es decir, sus padres, para establecer vínculos de confianza y espacios de comunicación profunda y directa.
Adicionalmente, puede requerirse apoyo psicológico, principalmente, cuando el niño experimenta dificultades para manejar la situación.
A nivel general, es importante trabajar en el fortalecimiento de la autoestima y en la regulación de la ira e impulsividad.
Sobre todo, resulta necesario fomentar la búsqueda de la reparación del daño causado por parte del niño, para que actúe desde la empatía y desarrolle una conciencia de responsabilidad; así como ayudarlo a buscar soluciones alternas a la violencia.
También, resultará oportuno evaluar los factores que predisponen a este comportamiento, los cuales pueden ser el entorno familiar, el ambiente de la comunidad, factores genéticos o biológicos (como la malnutrición), y agentes psicológicos como el estrés a raíz de situaciones de maltrato.