No conocer los propios disparadores
Hay gente que no tiene idea de cuáles son sus disparadores.
Es fundamental saber con claridad cuáles son dichos disparadores con el fin de evitarlos, delegarlos o simplemente prepararnos.
Cuando uno conoce esos “botones” que le despiertan la ira, puede anticiparse a ella.
Creer en el mito del “encendido y apagado”
Algunas personas tienen la creencia de que únicamente “se enojan”, o “no se enojan”, lo cual equivale a “todo o nada”, “blanco o negro”.
No hay un punto medio.
Para evitar manejar la ira en los extremos, tenemos que hallar el punto medio.
Reconociendo el enojo y expresándolo, hablándolo o gastándolo en el cuerpo.
Actuar el enojo
Hoy en día, es moneda corriente que alguien que siente un gran enojo, lo suba a las redes sociales, lo comparta y se descargue de esa manera.
La capacidad de espera y la tolerancia a la frustración son señales de madurez emocional.
No enojarse nunca
Muchos suelen acumular microfrustraciones.
Que les molesta algo, pero, en lugar de decirlo, lo reprimen.
Cuanto esto ocurre muy a menudo, la persona, tarde o temprano, terminará explotando o implotando.
En este caso, no es que no se enoja nunca, sino que se enoja demasiado, pero no es consciente de ello.
Esta actitud es peligrosa, pues puede llegar a afectar la salud física y/o mental.
Fundamentalmente, reconociendo que nos enojamos.
No está mal sentir ira, como algunos creen; muy por el contrario, conectar con esta emoción nos permite tomarnos tiempo para pensar lo que nos conviene hacer y lo que no.
Lo ideal, cuando uno está muy enojado, es esperar a que la emoción disminuya para lograr tener una “visión amplificada” de la situación y tomar mejores decisiones.
Aprender a regular nuestras emociones es un signo de salud y de inteligencia emocional.