La verdad es que las películas y las series han hecho un flaco favor a las terapias de pareja. Cuando veo en una película que los protagonistas acuden a un profesional para intentar salvar su matrimonio, ya sé lo que va a suceder: después de conversaciones pseudoprofundas y dolorosas sobre los sentimientos de cada uno, se da por parte de uno de los personajes una especie de “catarsis” en la que se da cuenta que nada de lo que están haciendo en terapia tiene sentido y que lo mejor es dejarlo.
Luchar contra viento y marea para que la pareja no se rompa.
El fin de una terapia de pareja no es que la pareja continúe unida sino que ambos miembros se encuentren mejor.
Si durante el proceso se dan cuenta de que la única manera de mejorar es separarse, entonces les ayudaremos a que esta separación sea lo menos dolorosa posible.
Una de las normas que explicamos al principio de la primera sesión es que no es obligatorio contar nada que no quieran contar.
No queremos que la gente se vaya de nuestra consulta con la sensación de que han hablado de más.
Así que si hay algo de lo que no se quiere hablar, no pasa nada.
Por eso si estás yendo a algún terapeuta de pareja y sientes que de manera sistemática te está juzgando y te está obligando a hablar de lo que no quieres, o que está insistiendo en que tenéis que aguantar unidos por el bien de la familia, piensa que no estás en una terapia de pareja sino en otra cosa bien distinta.