Vivir la relación de manera más consciente y no renunciar al hogar logrado durante años y a otras rutinas de vida pueden estar en el fondo de este movimiento, iniciado por las mujeres.
Las parejas que viven separadas cuidan más la relación: se ven cuando realmente quieren, de manera consciente.
Es como tener lo mejor de los dos mundos: la intimidad perfecta sin los sinsabores de la vida doméstica.
Muchas de estas parejas miran con lupa cómo va a cambiar sus finanzas antes de dar el paso de compartir techo.
Disfrutar de un hogar en el que sentirse a gusto es una tarea que puede llevar años.
Una vez conseguida, ¿por qué habría que cambiarse para tener una vida quizá menos plácida, más aburrida y más cara?
Lo cierto es que compartir casa no implica necesariamente interactuar con el otro ni mucho menos interactuar bien.
En una convivencia prolongada no todas las horas son felices y en esas horas-valle, en las que no pasa nada, pero hay que solucionar muchos asuntos de la vida doméstica surgen roces y conflictos, los mismos que crean el caldo de cultivo perfecto para el desgaste de la relación.
Los reencuentros son alucinantes.
En la última década o dos se ha convertido más en una opción de estilo de vida.
Ya no es porque no puedes vivir con tu pareja, es porque estás escogiendo no querer vivir con ella.
Después de mi divorcio, tenía claro que no quería casarme.
No veía razón alguna para hacerlo.
Sí quería tener una relación romántica, una pareja, pero eso no implicaba verlo 24 horas, siete días a la semana.
Quiero que cada uno tengamos nuestro espacio y vernos cuando queramos de la manera que queramos.
Al mismo tiempo, tener estilos de vida distintos, con horarios laborales diferentes puede ser un auténtico rompecabezas para un matrimonio convencional.
Cuando hay opción de disponer de dos casas, un paso más es que cada uno se quede en su casa.