Toma un tiempo fuera, igual que a los niños les mandamos a pensar, aléjate tu también del foco del problema para poder tranquilizarte y evitar estallar. Vete, cuenta diez, ponte una canción que te guste, respira hondo... Y, cuando ya estés calmada, vuelve al foco del problema para poner orden. Nunca lo intentes durante un momento de ira o gran enfado. Desdramatiza todo, en ocasiones los padres nos tomamos demasiado en serio las cosas y queremos controlar hasta el detalle más mínimo. Emplea siempre la empatía, la empatía te ayudará a ponerte en el lugar de tu hijo, a recordar lo divertido que era hacer cosas que prohibían los mayores o lo importante que te parecía esa discusión con tu hermano. No negocies o discutas en un momento de rabia, si tus hijos se están pegando o si han pintado la pared de la habitación con rotuladores, manda a cada uno a una habitación diferente sin mediar palabra. Realiza actividades antiestrés, los hijos son, en ocasiones, víctimas de nuestros agobios y problemas. Estar felices, sentirnos a gusto y ser positivos nos ayudará a tener a la paciencia como aliado. Rodéate de gente que te transmita cosas buenas, haz ejercicio físico y guarda un espacio de tiempo antiestrés, por pequeño que sea para ti. Si, durante el tiempo que estás en casa, evitas usar el teléfono móvil, desconectas del trabajo y te centras en lo que tienes que hacer notarás que tu nivel de estrés empieza a bajar. Y cuando el estrés disminuye, comienzas a conectar con los pequeños detalles del día a día. Además, si reservas un espacio para hacer actividades con tus hijos que no estén sujetas a la presión del tiempo ni a normas estrictas, por ejemplo, ir al parque, cocinar juntos o jugar libremente, descubrirás cómo esa conexión con ellos empieza a crecer. Y es precisamente esa conexión la que elimina el estrés, la ansiedad y nos ayuda a ganar paciencia, convirtiéndose en nuestra mejor aliada.