La música forma parte de nuestras vidas, no cabe duda alguna, y nos influye de una manera muy importante. Los científicos explican que la música activa nuestro sistema de recompensa cerebral modificando los niveles de determinados neurotransmisores -esas moléculas denominadas mensajeros químicos que facilitan la transmisión de los potenciales de acción de una neurona a otra, a través de los espacios sinápticos- y que tienen una relación directa con nuestro estado de ánimo. A través de complejos estudios con tomografía de emisión de positrones se ha comprobado que la música que nos place, en ese preciso instante en el que nos inundan los escalofríos, la dopamina aumenta un 6% sus niveles habituales en una parte muy ancestral del cerebro denominada núcleo accumbens. A consecuencia, experimentamos esa sensación de placer, de éxtasis, de forma similar al que percibimos cuando comemos un bombón de chocolate, durante una relación sexual deseada o ante la ingesta de drogas, como la cocaína. Cuando escuchamos música que nos place, nos hace sentir bien y ese estado cerebral facilita que utilicemos de forma más eficaz nuestros recursos. La música es un instrumento y como tal, en función de su uso puede proporcionarnos momentos de felicidad o, por el contrario, puede perjudicarnos.