Sentar al niño en la primera o segunda fila de clase, cerca del profesor. Supervisarle con frecuencia para asegurarnos de que está atendiendo y que ha comprendido las instrucciones. Enfatizar la estructura de la explicación o de las tareas que el niño tenga que hacer, añadiendo marcadores temporales como "empezamos por", "después hacemos…", etcétera. Facilitar la organización y planificación en el aula. Ayudarles a organizar el material. En casa, facilitar que tengan un adecuado hábito de estudio, procurando que estudie siempre en el mismo lugar y en horarios lo más estables posible, lejos de puertas y ventanas y evitando distracciones. En el aula, se recomienda tener el horario semanal en algún lugar visible. En casa, emplear también horarios, visibles en el cuarto de estudio, con las clases diarias y las tareas que debe realizar durante la tarde. Orientar el exceso de actividad hacia vías aceptables y constructivas. Podemos utilizar la actividad como recompensa. Siempre que sea posible permitir respuestas activas, que impliquen acción en las clases. No atribuir las conductas negativas del niño a un rasgo estable de personalidad, evitar las "etiquetas". Estar más pendientes de lo positivo que de lo negativo. Reforzar el proceso y no centrarnos en el resultado. Si se esfuerza, premiar. La comunicación entre los profesores y la familia, a través de la agenda, también es de gran importancia para que ambos puedan colaborar eficazmente. Ante excursiones y actividades especiales que no se encuentran en la rutina habitual, prepararle, explicarle qué se va a hacer y qué se espera de él. Fomentar diariamente "tiempos especiales" en los que el padre/madre e hijo/s dispongan de un tiempo en el que jueguen, compartan actividades ajenas al estudio. Subrayarle las cosas que hace bien y fomentar que realice actividades donde sea competente y disfrute.