Cuando hablamos de slow parenting nos referimos a una crianza tranquila, una manera de educar en la que se da tiempo a los niños para que vayan alcanzando sus objetivos, priorizando las relaciones humanas reales, el contacto directo, más que el mundo cibernético. Estar más presentes como padres en la educación, acompañando, pero, sobre todo, respetando sus propios ritmos madurativos.
En el slow parenting el coste elevado no es el económico, sino el de la dedicación. Apagar las pantallas, la televisión, la tablet, el móvil... siendo ejemplo de calma para nuestros hijos.
El objetivo, precisamente, no es programar todo, ni el tiempo de nuestros hijos ni el nuestro propio, dejando de lado la idea de la productividad, dando más espacio a la espontaneidad e improvisación.
Hay que desterrar la idea de control hacia todos los aspectos de la vida de nuestros hijos.
Pasar más tiempo en familia, adaptándonos a las circunstancias personales, pero tratar de estar más presentes y atentos hacia sus intereses, dedicándoles un tiempo exclusivo.
Realizar actividades sencillas donde prime la interacción, la calidad vs la cantidad.
Dar tiempo, ir sin prisas, para que los pequeños funcionen conforme a sus propias necesidades y a la vez interesarnos por sus propuestas, para que sientan que les respetamos y damos valor a sus acciones.
No presionar, en ocasiones les pedimos que hagan actividades que nos les apetecen.
Darles la oportunidad de elegir ayudará a potenciar sus capacidades.
Cuando hablamos de slow parenting, lo más importante es dejar que los niños exploren el mundo a su ritmo, sin prisas, dejando que ellos hagan aquello por lo cual tienen más interés, mostrándose cómo son realmente.
Y, sobre todo, tener la seguridad de que con ello estaremos educando hacía a la autonomía, capacidad de elegir y toma de decisiones.