La indiferencia puede ser vista como un estado de ánimo en el que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o asunto determinado.
Este sentimiento puede generar reacciones y consecuencias negativas, tanto para la persona que la proyecta, que puede parecer carente de empatía, como para la sociedad en general.
Las personas indiferentes pueden experimentar aislamiento, soledad, niveles elevados de ansiedad, baja autoestima y falta de valores morales y pueden conducirlas a la desconexión emocional con los demás, afectando a las relaciones interpersonales.
También puede ser utilizada como escudo de supervivencia para protegerse de las emociones y evitar sentirse herido como mecanismo de defensa o como resultado de experiencias traumáticas de rechazo o abandono.
En relación con la psicología, la indiferencia puede ser síntoma de trastornos como la alexitimia, que es la incapacidad de las personas para expresar e identificar sus emociones, o como mecanismo de protección para evitar el dolor emocional, e incluso como un instrumento de manipulación o deseo de causar daño a otra persona; cuando ésta es prolongada, se la conoce como la «ley del hielo».
También se la relaciona con el miedo, como un sentimiento inherente en busca de la felicidad y el temor a no conseguirla o a perderla.