La fidelidad es un compromiso, un sometimiento y una promesa a cumplir que hacemos a los demás, sea de pareja, laboral o social. La lealtad, en cambio, es un acuerdo, un asentimiento de apoyo y de ayuda que ofrecemos en un valiente acto de compañerismo. Fidelidad y lealtad vienen marcadas por diferentes orígenes. La primera, por la confianza hacia otro –sincera o inducida– y la segunda, por el respeto y apoyo desinteresado a otra persona. Así pues, podemos percibir que la fidelidad es un acto, un comportamiento. En cambio, la lealtad es un profundo sentimiento ético. El fiel se somete a su compromiso, el leal asienta en su decisión. Se puede ser infiel, pero leal. Pero no se puede ser desleal y fiel. La fidelidad es nuestra capacidad espiritual de cumplir con nosotros mismos, aún cuando no guste a los demás. La fidelidad la podemos imponer, pero la lealtad es un sentimiento que podemos fomentar, pero que no podemos construir desde la nada, requiere de una historia, de una ilusión. La fidelidad es dar cumplimiento a las promesas. La lealtad es la capacidad espiritual de ofrecer soporte a una persona desde el respeto, la gratitud y el compañerismo. Es un acuerdo de aceptación incondicional.