Las personas leales son, por encima de todo, personalidades honestas. Se rigen por un código que está siempre en sintonía con sus valores pero también con ese compromiso respetuoso con el otro, ahí donde no caben las traiciones, las mentiras o las actitudes interesadas. Personas leales, son por encima de todo, respetuosas con sus propios principios. Es de ahí donde parte el auténtico núcleo del comportamiento leal: actuar siempre en base a unos valores siendo fieles a lo que uno considera como correcto. La persona leal es sincera, no condescendiente, y nos ayuda a crecer. Las personas leales no son aquellas que hacen uso exclusivo de la condescendencia. No son las que nos dicen sí a todo, las que nunca ponen objeciones, las que nos apoyan en cada cosa que hagamos, en cada decisión y comportamiento por muy dudoso que sea. Lealtad es también sinceridad y hacer uso de un compromiso activo por nuestro bienestar. Así, quien desea lo mejor para nosotros no dudará nunca en ser ese apoyo capaz de decirnos verdades que duelen, capaz de mostrarnos nuestros errores pero también, nuestras oportunidades de crecimiento. Las personas leales no pueden serlo a la fuerza, se rigen por sus propios principios. No son leales a la pareja, la familia o a los amigos porque así se lo impongan otros. Actúan en libertad siendo consecuentes con sus propias normas internas, hay una sintonía entre lo que sienten y lo que hacen. No hay sumisión ni alineación, la lealtad auténtica es un ejercicio de valentía moral donde uno elige ser consecuente con sus propios principios en todo momento.