Jean Decety, Philip Jackson y Mohammadreza Hojat proponen un modelo alternativo a los anteriores, según el cual el acento no estaría tanto en los «ingredientes» como en el papel que cumplen en un contexto situacional determinado. Así, en circunstancias que requieren un proceso intelectual complejo orientado a comprender el contexto social y situacional de los demás, se estaría ante una respuesta más cognitiva.
Simon Baron-Cohen y Mark Davis plantean un modelo más conciliador, según el cual la empatía estaría compuesta por elementos tanto cognitivos como emocionales.
Mientras que la simpatía permitiría identificar y compartir los sentimientos del paciente, la empatía permitiría comprender la realidad del paciente.
Tomando como referencia la distinción anterior, Hojat define la empatía clínica como «un atributo predominantemente cognitivo que involucra un entendimiento de las experiencias, inquietudes y perspectivas del paciente, combinado con una capacidad de comunicar dicho entendimiento, y una intención de ayuda».
La cognición adquiere una mayor relevancia frente a la emoción por el contexto social de ayuda en el que se enmarca la relación médico-paciente.
Sentir las emociones vividas por el paciente tiene sentido solo si ayuda al médico a comprender las necesidades del paciente con respecto a su enfermedad.
Un mayor entendimiento del paciente permite al médico la creación de una relación de confianza muy necesaria en la gestión de la enfermedad.
Gracias a la comunicación, el médico puede contrastar su entendimiento con la realidad percibida por el paciente, dándole a este la evidencia de saberse comprendido por el médico.
La intención de ayuda aparece como el elemento directriz de la empatía clínica.
Sin ella, todos los anteriores resultan insuficientes.
La intención de ayuda da sentido moral a la empatía clínica transformándola en una competencia representativa del profesionalismo médico.