Las personas con una rigidez mental característica presentan dificultades a la hora de valorar otras perspectivas o puntos de vista diferentes a los propios y rehúsan en lo posible de abrazar nuevas soluciones para escenarios que dominan o creen que podrían dominar.
Es decir, hablamos de un patrón de pensamiento y comportamiento que nos lleva a actuar de una forma determinada y constante a pesar de que los resultados que obtenemos no son los deseados o requeridos.
Cuántas veces has intentado solucionar un problema de la misma forma una y otra vez, a pesar de que en ninguna de las ocasiones has tenido un resultado positivo.
Y si nos llevamos el ejemplo a un caso, quizás más abstracto, cuántas veces nos hemos visto pensando y volviendo a pensar mil veces sobre el mismo asunto siguiendo la misma línea de pensamiento y sin buscar o valorar soluciones diferentes a las que ya hemos probado sin éxito.
Consecuencias individuales.
Hacemos referencia al sin fin de emociones de las que etiquetamos “negativas” que estas personas se exponen a sentir en algún momento de su vida: ira, frustración, impotencia, malestar...
Pero si nuestro patrón de comportamiento está regido por la inflexibilidad y la falta de habilidad para cambiar nuestros pensamientos y conductas cuando estas no son resolutivas, nos estamos condenando de alguna forma a que nuestro abanico emocional siempre sea el mismo y vivamos sumidos en un episodio constante de frustración y malestar.
Consecuencias sociales.
A nivel social puede llevarnos a escenarios de intolerancia, a contextos en los que no seamos capaces de empatizar con los otros, a enzarzarnos en discusiones en las que no somos capaces de aceptar otros puntos de vista... y en definitiva, a un deterioro de nuestras relaciones que no harán sino agravar las emociones de impotencia, ira y frustración que ya hemos mencionado.