En una familia siempre hay un reparto de roles y cada niño ocupa un papel. De hecho, es un rol que los propios padres le ponen cuando lo empezó a pensar, antes de gestarlo.
El hermano mayor es aquel que tiene una personalidad más tradicional, es más conservador y es el más responsable, se lo asocia a la capacidad de liderazgo, la organización, la independencia y la exigencia, a la cual también lo someten los padres al ser la crianza de prueba.
El primero que nace se enfrenta a la realidad de que los padres no saben qué hacer, por lo que inauguran así su rol como padres y madres.
Muchas veces se asocia al hijo del medio con el que muestra más conflictos, dado que no encuentran su lugar.
El del medio queda en un sitio donde no tiene los beneficios del hermano mayor más independiente, ni tampoco cuenta con la atención del hermano menor que demanda más.
Los hermanos del medio son inconformistas, cuestionadores, creativos y con un fuerte desarrollo de la empatía.
El hijo menor es el más demandante, el más dependiente y el que exige más atención para encontrar su lugar en la familia.
Los padres nunca tratan a sus hijos por igual.
Cada estructura psíquica es distinta, con lo cual la subjetividad de cada persona es distinta.
Cada padre es distinto y cada hijo es distinto, por lo cual se dan modos vinculares diferentes.
Hay que rescatar esa diferencia, naturalizarla y además aceptarla.
El amor es distinto en cada uno porque el vínculo es distinto.
Muchas veces sucede que las diferencias en los rasgos de la personalidad, hacen que los hijos se vinculen diferente con la mamá o con el papá.
A veces es un vínculo que fluye más con un miembro de la pareja maparental que con el otro.
Esto va haciendo a las diferencias del trato, que a veces son funcionales y, si se utilizan positivamente en la crianza, son sanas.