La indiferencia es una “falla de diferencia”, lo que crea un estado, en el cual, no se distingue entre la luz y la oscuridad, el amanecer y el atardecer, el crimen y el castigo, la crueldad y la compasión, el bien y el mal. Quien es indiferente no siente ni actúa, se mantiene al margen. Dejando de hacer, permaneciendo en estado inactivo, mucho muere. La indiferencia genera un estado de insensibilidad, de anestesia afectiva, de frialdad emocional, y una situación de desapego psíquico, lo cual, si se vive así de forma inconsciente ocasiona problemas sociales. La indiferente por convicción supone estar en la idea de aislamiento de la realidad, separarse de los demás, no tomar ningún compromiso con nadie y con nada, quedarse paralizado ante el hacer, no se actúa. Existen distintos modos de indiferencia: se puede ser indiferente por convicción o por pereza. Se está en indiferencia cuando no hay creencias, cuando nada atrae y nada llama a asumir la defensa de lo que, alguna vez, se encuentra justo y bueno. La indiferencia endurece psicológicamente, impide la identificación con las emociones ajenas, distancia de las potencialidades de afecto y compasión, acorazando el yo, e invita al aislamiento interior, aunque la persona, en lo exterior, resulte muy sociable o incluso simpática. Las personas que muestran indiferencia están con una actitud de insensibilidad, lo que en un estado extremo puede conducir a la paralización de las más hermosas potencias de crecimiento interior y autorrealización, por mantenerse sin reaccionar.