El poder mostrar de forma consciente indiferencia hacia una persona, situación o circunstancia. La indiferencia es una “falta de diferencia”, lo que crea un estado, en el cual, no se distingue entre la luz y la oscuridad, el amanecer y el atardecer, el crimen y el castigo, la crueldad y la compasión, el bien y el mal. Al mostrarse indiferente, la persona se vuelve apática al respecto, situándose en ese punto intermedio entre el aprecio y el desprecio. La indiferencia genera un estado de insensibilidad, de anestesia afectiva, de frialdad emocional, y una situación de desapego psíquico. La indiferencia endurece psicológicamente, impide la identificación con las emociones ajenas, distancia de las potencialidades de afecto y compasión, acorazando el yo, e invita al aislamiento interior. Se está en indiferencia cuando no hay creencias, cuando nada atrae y nada llama a asumir la defensa de lo que, alguna vez, se encuentra justo y bueno. Existen distintos modos de indiferencia: se puede ser indiferente por convicción o por pereza. La indiferencia supone estar en la idea de aislamiento de la realidad, separarse de los demás, no tomar ningún compromiso con nadie y con nada, quedarse paralizado ante el hacer, no se actúa. Se está en un estado de inactividad ante los estímulos que se perciben, mostrando frialdad ante lo que acontece.