Los síntomas físicos, cognitivos y emocionales de la ansiedad suelen implicar una hiperactivación del sistema nervioso autónomo, junto con una preocupación excesiva por posibles peligros.
Algunos de los síntomas más comunes son: Palpitaciones o taquicardia, Tensión muscular, Sudoración excesiva, Mareos, Náuseas o molestias gastrointestinales, Dificultad para respirar, Sensación de ahogo, Temblores, Dolor de cabeza, Boca seca, Sensación de irrealidad o despersonalización, Insomnio o despertares frecuentes, Hipervigilancia, Miedo intenso a perder el control, Pensamientos intrusivos, Evitación de situaciones sociales, Necesidad constante de control, Dificultad para concentrarse, Preocupación anticipatoria, Comportamientos compulsivos.
La depresión se manifiesta como una disminución generalizada de energía, motivación y sentido vital, y algunos de los síntomas más representativos son: Tristeza persistente, Fatiga constante, Falta de motivación, Anhedonia, Alteraciones del sueño, Cambios en el apetito, Llanto frecuente o sin motivo claro, Pensamientos de inutilidad o culpa, Dificultad para tomar decisiones, Sentimientos de desesperanza, Aislamiento social, Lentitud psicomotora, Pensamientos suicidas, Irritabilidad, Baja autoestima, Falta de concentración, Dolor físico sin causa médica, Descuido del autocuidado, Autoexigencia destructiva, Sensación de vacío emocional.
Estos 40 síntomas pueden variar de persona a persona y no todos los que los experimentan necesariamente tienen un trastorno de ansiedad o depresión.
La identificación de estos síntomas es esencial para iniciar un tratamiento adecuado y mejorar la calidad de vida.
Cuando estos síntomas son reconocidos, se pueden aplicar herramientas de la psicología cognitivo-conductual para modificar los patrones de pensamiento y conducta y así poder superar la ansiedad y la depresión.