Detrás de un niño tímido suele haber sufrimiento emocional y sentimientos de ser diferente.
La timidez se aprende.
Una timidez extrema puede ser una manifestación clara de una falta de seguridad y autoestima en el niño.
Aunque no se descarta que influyan factores genéticos que puedan “predisponer” hacia la timidez, es cierto que los factores emocionales y ambientales tienen un gran peso que hacen pensar que no se nace siendo tímido, sino que se “aprende” tanto por experiencia propia como por presenciar conductas y formas de comportamiento de otros.
Así, los modelos de conducta que el niño observa en su actuación diaria se convierten en un elemento importante.
Si se le suele castigar con mucha frecuencia, desvalorizar o ridiculizar a menudo, sobre todo comparándolo con otros niños, o si se le impide mostrar sus emociones y expresarse adecuadamente, es fácil comprender que la timidez le servirá de protección, como un escudo defensivo que le permitirá no enfrentarse a esas situaciones donde dudará de su capacidad y habilidades para poder salir airoso de las mismas.
La timidez en el niño pasa a ser un problema del que debemos preocuparnos cuando el niño adopta las siguientes posiciones:
Rehúye las relaciones sociales: no quiere verse con los niños del colegio, pone pegas constantemente para relacionarse y hasta llega a decir que no quiere ir al patio a jugar.
No se relaciona: en el colegio los profesores alertan de que no se relaciona en clase, no quiere contar nada en voz alta o bien, si lo hace, lo pasa muy mal.
Se esconde detrás de nosotros cada vez que nos encontramos a alguien de la calle.
No participa sistemáticamente en las actividades conjuntas con otros niños.