La adolescencia es una etapa que pone a prueba los recursos y las limitaciones de una familia. Durante mi experiencia profesional, he podido vivenciar y analizar que el no cumplimiento de los roles dentro de la familia puede provocar caos, desorganización estructural y, en algunos casos, patologías y disfunciones individuales y familiares. Una de las características más importantes de la adolescencia es que es una etapa fundamental para la estructuración de la identidad, por lo que los adolescentes tienen que cuestionar lo que sucede a su alrededor. La resistencia al cambio también es un aspecto importante, ya que la adolescencia es sinónimo de cambio, y los padres pueden llegar a pensar que el cambio es anormal o que algo están haciendo mal. Los adolescentes tienen la característica de decir todo lo que los padres no quieren, y ellos son los que se atreven a expresar lo que ocurre en su familia, a pesar de que los adultos no lo hayan reconocido, aceptado o verbalizado. El contexto es otro aspecto importante, ya que los adultos somos el contexto de los adolescentes, y si algo ocurre con ellos, no tiene que ver con algo aislado, sino que es un resultado de dinámicas que los hijos aprendieron desde que fueron pequeños y que es en la etapa de la adolescencia cuando detonan. Los huecos en la transmisión de hábitos, rutinas, cumplimiento de reglas y disciplina también pueden manifestarse en la adolescencia. La terapia familiar es una alternativa excelente para diseñar un lenguaje común y un reglamento para todos los miembros, lo que permite hacer sentir al adolescente en mayor congruencia y ese sentimiento de justicia que tanto necesita su cerebro para confiar en el mundo de los adultos. Involucrarnos más con ellos, escucharlos, ser flexibles ante sus cambios y aprender de ellos son algunas de las claves.