Y como se nace en una familia, esta se convierte en la clave para que una persona se considere valiosa.
La autoestima infantil se desarrolla entonces, en estrecha relación con los padres, apoyada en la imagen que estos le han trasmitido al niño, a través de sus mensajes y actitudes hacia él.
Si los padres le trasmiten una imagen positiva de sus posibilidades, y a la vez, le permiten ir comprobando esta capacidad para realizar cosas adecuadas a sus posibilidades, mediante una exigencia constante y coherente, el niño se verá así mismo capaz y lo que es más relevante, se sentirá seguro de sí mismo y de su actuar.
La exigencia familiar es uno de los pilares de la autoestima.
Esta exigencia, el niño la vive e interpreta, porque se realiza desde el cariño y la aceptación, como confianza en él.
Ejercer la autoridad, entonces, no es sino, saber qué es lo que le debo exigir a mi hijo en cada momento para que desarrolle al máximo sus potencialidades.
No exigirle nada, es una verdadera agresión, porque supone trasmitirle al hijo la impresión de que él no es capaz de nada.
Fomentar una autoestima sana en nuestros hijos en edades tempranas, no significa, decirle que hace todo bien.
Por el contrario, implica: Fomentar una autoestima realista, consciente de sus posibilidades y limitaciones, y optimista con el futuro.