Una conducta agresiva es aquella que puede suponer un daño físico para los otros, para el entorno o para la misma persona que la realiza, y que en general, supone un peligro. Las propias características del trastorno por déficit de atención e hiperactividad son las que propician que esta agresividad sea más elevada, por la baja regulación emocional y el déficit en la expresión de las emociones que estos niños presentan. Además, en el TDAH se presenta una agresividad específica, la llamada agresividad reactiva e impulsiva, la cual es más un acto reflejo que tiene como finalidad resolver un conflicto interno y emocional del que no se disponen recursos para afrontar de otra forma. Esta agresividad difiere del otro tipo, menos frecuente en el TDAH aunque también aparece, la agresividad proactiva o funcional, la cual se lleva a cabo para conseguir unos objetivos o alguna finalidad de interés para el niño, es un acto más instrumental. Por otro lado, se ha observado, que dentro de los subtipos de TDAH, el tipo combinado es el que más frecuentemente se asocia a la alta agresividad, siendo más característico de este subtipo el bajo autocontrol y la elevada impulsividad. La intervención en los síntomas agresivos se realiza trabajando sobre los síntomas nucleares del TDAH: inatención, impulsividad e hiperactividad, ya que en dicho tratamiento se incluyen intervenciones dirigidas al control de impulsos y a la regulación y expresión emocional. No obstante, si estos problemas se convierten en algo muy disruptivo ya sea en el hogar, en el colegio o en cualquier otro contexto, se pueden realizar intervenciones más específicas para reducir esta agresividad en niños con TDAH. Mediante estas técnicas se trabaja más directamente sobre el control y expresión emocional, y la resolución de conflictos. Por último, cabe destacar que existen una gran variedad de variables que influyen en la manifestación de la agresividad en niños con TDAH.