Dividir los objetivos en tramos más pequeños.
Los objetivos más pequeños permiten logros más frecuentes, lo que puede ayudarnos a pensar que estamos progresando, dándonos más ánimo para alcanzar la meta.
Permanecer en comunidad.
La esperanza puede surgir de forma aislada, pero crece cuando estás conectado a un colectivo que te apoya y te inspira.
La elección de las personas de las que nos rodeamos es clave.
Prepararse para los cambios.
Valorar las estrategias que funcionan y cuáles no, modificar el enfoque…
Se puede convertir en la mano que te impulse para seguir adelante.
Además de la capacidad de replanteamiento, este proceso requiere creatividad, otra habilidad que se puede aprender.
Algo útil que nos recomiendan es dejar de pensar que no hay camino y, en su lugar, pensar que no hemos encontrado todavía el camino que va a funcionar.
Reflexionar sobre el pasado también puede fomentar la esperanza en el futuro cuando estos pensamientos se enfocan en momentos y situaciones en los que fuimos capaces de superar cosas.
Estos recuerdos nos pueden dar ánimos para pensar que ahora también es posible.
Celebrar las victorias.
Dedicar tiempo a reconocer -y celebrar- lo que has conseguido en el presente apoya los pensamientos de esperanza de cara al futuro.
Valorar y celebrar los pequeños pasos que nos conducen a la meta final es muy importante.
Poner en valor estas victorias ha de ser un impulso para seguir trazando caminos que nos acerquen más y más.
Es el momento de poner en práctica la esperanza, trazar un camino con objetivos alcanzables e ir sumándolos, prepararse para tener que cambiar de rumbo y elegir muy bien a las personas que nos acompañen en ese bonito camino.