Reconocer el mal que nos provoca el bien del otro, es la clave para combatir la tristeza porque, por lo general, es medio pavote. Los medievales proponían dos remedios infalibles para combatir la tristeza. El primero es evitar compararse con los demás todo el tiempo. La tristeza de la envidia nace de la comparación. Gregorio Magno decía que solo se envidia al que se cree mejor que uno. Si dejo de compararme, ya no me entristece el bien del otro. Pero el segundo remedio es todavía mejor: amar. La lógica medieval es impecable. Amar es desear el bien del otro. Cuando obtengo lo que deseo, me alegro, no me entristezco. Porque desearlo es convertirlo en un bien para mí. Así, cuando el otro tiene un bien, no me entristece. Me alegra. Porque su bien, es un bien para mí también. Si envidiás, te entristece el bien del otro; si no te comparás, ya no te entristece. Pero si amás, te alegra. Siempre, siempre, amar es el mejor negocio.