Se podría definir como una sensación de vértigo e incomodidad; un temor que, en algunos casos, nos impiden avanzar y nos ancla a esa ya conocida zona de confort. Uno de los principales motivos podría ser el temor a equivocarnos con nuestra decisión o el miedo a aquello que desconocemos. En ocasiones, rechazamos oportunidades que suponen una clara progresión por el simple hecho de salir de nuestra área de dominio y entrar en un área donde, al ser inexplorada, aumenta la probabilidad de errar y con ello es posible sentirnos vulnerables, por lo que tratamos de evitar dicha sensación a toda costa. Otro de los factores que puede influir en el temor a los cambios es la autopercepción negativa de los recursos personales o el miedo a no dominar la situación. Cuando llevamos tiempo en una situación de estabilidad; es una realidad que controlamos, es cómoda y es fácil de gestionar: nuestra ciudad, nuestro trabajo, nuestros amigos… Cuando alguna de estas circunstancias se ve modificada se requiere una reacción por nuestra parte por adaptarnos a ella. El aspecto biológico también parece influir en esta cuestión. Al parecer en los años de evolución de la especie, las respuestas codificadas para responder con éxito a las amenazas se basan en peligros naturales o más centrados en el bienestar físico que en el mental.