Nadie puede dañarte, ni tu padre, ni tu madre. Tienes derecho a proteger tu dignidad y tu autoestima de cualquier persona, incluso cuando hay un vínculo de sangre. Solo tú tienes el control sobre las decisiones que tomas en tu vida, así que puedes decidir tomar el tipo de distancia que tú elijas en cualquier momento sin que nadie ni nada te lo impida. Averigua si vale la pena hablarlo, intuye si hacerlo te puede reportar algún beneficio. Pon límites, si lo que te perturba ya lo has hablado en alguna ocasión y no hay un cambio en la actitud de la persona, puedes cortar el comentario que te haga o directamente la conversación. Tienes derecho a exigir respeto y poner límites. Si el daño es traumático, aléjate, informa al resto de tu familia que no estás dispuesto a compartir espacio bajo ningún concepto con esa persona. No cedas al chantaje emocional de nadie, mantente firme, distante y no cedas al chantaje, al victimismo, a la agresividad o a peticiones injustas. No necesitas en tu vida a personas que te hacen daño, a pesar de que puedas llegar a empatizar y entender el motivo por el que lo hacen, limita tus interacciones y visitas, y no otorgues valor a los comentarios ofensivos.