La tensión mental no resuelta es el principal generador de estrés en las relaciones. En lugar de afrontar un problema preocupante con tu pareja, lo ignoras y dejas que se agrave. En otras palabras, la tensión mental se acumula como un recipiente presurizado. Puede estallar en síntomas físicos perturbadores, como ansiedad flotante, dolores de cabeza, insomnio, hipertensión, paranoia o ataques de pánico.
En la raíz de la tensión mental interna se encuentra el conflicto. Estás en conflicto contigo: tomas decisiones que no son buenas para ti, pero no puedes evitarlo. Por ejemplo, puedes comer en exceso para calmar tu ansiedad o participar en otras conductas autodestructivas. Esta batalla contigo aumenta la tensión mental y, a menudo, se manifiesta en las relaciones como mal humor, confusión, postergación o indecisión.
Temes el conflicto con los demás: evitas abordar conductas problemáticas en tus relaciones porque temes que expresar tus preocupaciones dañe la conexión o conduzca al abandono, la retribución o el castigo. El miedo al conflicto suele ser el resultado de un trauma infantil, trastorno de estrés postraumático o problemas de apego. Como resultado, te involucras en la negación, te adaptas a tu pareja o sacrificas tus propias necesidades para mantener la paz. Todo lo cual se suma a, lo adivinaste, más tensión mental.
Actitudes que aumentan el estrés y la ansiedad en las relaciones. Quejas constantes: nunca sientes satisfacción y siempre encuentras más de qué preocuparte. Almacenas resentimientos: la acumulación de rencores y culpas te agobian y te convierten en un mártir. Autodescuido: ¿Pones las necesidades de los demás por encima de las tuyas, descuidando tu propio bienestar? Aislamiento: te retiras del mundo y evitas el contacto social. Conducta controladora: intentas controlar a tu pareja en lugar de hablar de temas problemáticos.