Los límites son la clave en toda esta cuestión, ya que son las barreras que nos permiten proteger nuestro espacio personal. Poner límites no tiene que ver con rechazar a la persona o construir un muro entre ambos, sino más como un ejercicio de autocuidado desde la verdad de uno mismo. Identifica qué quieres proteger, haz una lista de qué cosas quieres proteger, qué cosas de las que hace tu suegra te hacen sentir incómodo, esas serán las líneas que deberás marcar con tus límites. Busca las palabras con las que te sientes cómodo, puedes pensar en situaciones pasadas en las que te quedaste bloqueado o no te sentiste bien con tu reacción. Prepárate para la acción, recuerda algunas claves prácticas como la técnica del disco rayado, la técnica del sándwich o el Banco de Niebla. Aprende a tolerar las emociones desagradables que van a aparecer, identifica qué emoción aparece cuando tienes que poner un límite, aprende a sostenerla y regularte. Trata de ser asertivo, sé constante y hazlo de manera progresiva, permítete hacerlo poco a poco, dándote el reconocimiento que mereces por cada uno que consigas poner.