No hay un solo estilo adecuado o correcto.
Todos y cada uno de ellos pueden ser útiles en función de la situación, el contexto y el interlocutor que tengamos delante.
Los cinco estilos son: Competitivo, Conciliador, Evitador, Negociador y Colaborador.
Un conflicto, a diferencia de un problema, tiene un componente subjetivo y una emocionalidad que le confiere una gran complejidad.
Éste es un aspecto clave a tener en cuenta cuando nos enfrentamos a cualquier diferencia o desacuerdo ya sea en el trabajo como en nuestra vida personal.
Las emociones son uno de los elementos más desestabilizantes y generadores de conflictos que existen.
Si no existieran éstas, los conflictos serían simplemente diferencias bien entendidas y fácilmente solventables.
Si nos dejamos llevar por las emociones que nos surgen ante determinadas circunstancias, dejamos de escuchar a los demás, tratamos de hacer valer más nuestras razones, se nos cierran las opciones de entender al otro y no desarrollaremos la suficiente empatía que nos permitiría tener una buena gestión de conflictos.