El estrés es una respuesta natural del cuerpo ante situaciones que percibe como amenazantes o desafiantes. Muchos factores la pueden desencadenar: desde laborales hasta financieros, pasando por cualquier tipo de eventualidad en las relaciones o circunstancias vitales. Uno de los daños más evidentes (y comunes) se presenta en el sistema cardiovascular. Hablamos de un aumento constante de la presión arterial y de la acumulación de colesterol, una situación que incrementa notablemente el riesgo de padecer un infarto o un ictus. Cuando el nivel de estrés ya es insostenible, el deterioro también ataca a la mente. Es entonces cuando aparecen problemas psicológicos: ansiedad, depresión, cuadros psicóticos… De acuerdo con el National Institute of Mental Health de Estados Unidos, el estrés puede afectar a la memoria y a la concentración, pero también favorece el desarrollo de ataques de pánico, ansiedad social o fobias extremas como la agorafobia, el miedo a las alturas, etcétera. Una salida fácil (y dañina) podrían ser el alcohol, las drogas, el tabaco o, sencillamente, la negación, pero a la larga eso solo pospone el afrontar la problemática y conduce al empeoramiento de los cuadros de estrés y ansiedad.