Con un amigo te sientes más libre de ser quien eres realmente.
Porque con ellos no sentimos el mismo compromiso que creamos con las parejas o la familia con quienes vamos estableciendo ciertas normas, roles y límites.
A un amigo, no le queremos cambiar.
Le aceptamos cómo es.
Por esa razón, con nuestras amistades nos sentimos más libres y aceptados, lo que aumenta la seguridad en nosotros mismos y mejora nuestro auto concepto de forma notable.
Un buen amigo nos conoce mejor que nadie.
A veces, mejor incluso que nuestra propia familia.
Comprenden y aceptan nuestras flaquezas, sentimientos y defectos.
Son imparciales, no nos juzgan y forman una red de apoyo en la que amortiguar las penas y potenciar las alegrías.
Un amigo te acompaña, se ríe y llora contigo.
Porque una relación de amistad debe cimentarse en la empatía, y en ella tienen mucho que ver las emociones que experimentamos en compañía de nuestros amigos.
La aceptación, la diversión y la complicidad juegan un papel fundamental.
Un amigo jamás nos juzga por nuestros errores.
Y es que un buen amigo acompaña, apoya y motiva a crecer.
Un buen amigo no juzga, ni critica, y tampoco deposita en nosotros expectativas inalcanzables.
Un amigo te conoce mejor que nadie, con tus virtudes y con tus defectos, y con ellos podemos mostrarnos sin complejos.
La amistad es un valor necesario, y debemos cuidarlo.
Porque nuestros amigos nos dan la vida y, aunque tomemos caminos diferentes, es necesario trabajar y saber encontrarse en las diferentes etapas.
Y es que estar rodeado de amigos debería convertirse en una de las prácticas más recomendables en la vida de cualquier persona que busque ser feliz.