Durante una crisis de pánico, el niño siente una gran ansiedad, que causa síntomas orgánicos. El corazón late muy rápido. El niño suda profusamente y tiene dificultad para respirar. Puede sufrir dolor torácico o sentirse mareado, con náuseas y agarrotado. Puede sentirse como si se estuviera muriendo o se estuviera volviendo loco y tiene la sensación de que las cosas son irreales. Los síntomas pueden ser más dramáticos de lo que son en los adultos. Se puede sentir preocupado por la posibilidad de sufrir otras crisis. Las crisis de angustia y las preocupaciones asociadas afectan sus relaciones y el rendimiento escolar. La crisis de angustia por lo general se produce sin ningún tipo de desencadenante específico. Pero, con el tiempo, el niño comienza a evitar los lugares que asocia con las crisis. Esta evitación puede derivar en agorafobia, que provoca que el niño sea reacio a ir a la escuela, al centro comercial o a efectuar otras actividades cotidianas. A veces, cuando el trastorno de angustia no se trata, los adolescentes faltan a la escuela, se aíslan de la sociedad y se convierten en solitarios, pudiendo desarrollar incluso conductas suicidas.