Hablarle despacio, manteniendo la mirada.
Usar gestos para facilitar la comprensión.
Modelar el lenguaje, dar modelos lingüísticos correctos.
Utilizar un vocabulario sencillo.
Utilizar frases simples, cortas y adecuadas a su nivel.
No responder por el niño/a.
Dejarle tiempo para que pueda responder.
Crear situaciones de atención conjunta.
Utilizar sistemas aumentativos de comunicación.
Utilizar apoyos visuales para que les ayuden a comprender.
Evitar conductas de sobreprotección.
Reforzar sus logros.
Evitar la corrección directa: “así no se dice”, “dilo como tú sabes”.
Utilizar la técnica de expansión: devolver el enunciado de nuestro hijo/a mejorando y ampliando la estructura.
Utilizar preguntas de alternativa forzada: preguntas que ofrecen dos posibilidades de contestación, una de las cuales es la correcta.
Aprovechar las rutinas diarias para estimular el lenguaje.
Colaborar y coordinarse con los profesionales que intervienen con el niño/a en todos los contextos.
El tratamiento ha de ser individualizado para cada niño/a.
No obstante, hay que llevar a cabo un tratamiento multidisciplinar, con los especialistas, la familia y la escuela.
Es fundamental e imprescindible la colaboración de la escuela.
Es importante que los profesores entiendan sus dificultades, se involucren, les apoyen y lleven a cabo las adaptaciones oportunas.
Si se detectan señales de alarma, hay que empezar a intervenir lo más pronto posible, ya que cuando antes se intervenga, mejor será el pronóstico.
Los primeros años de vida son cruciales siguiendo el principio de la plasticidad cerebral.
¡NO ESPERES!
Ante la mínima sospecha, consulta con un especialista.