Tiene que ver con un sentimiento de lealtad que se tiene a anteriores generaciones, que te deja atado, viéndote obligado a hacer o dejar de hacer ciertas cosas por no ser desleal y no enfrentarte al sentimiento de culpa que ello te generaría.
Otra pareja que tiene que enfrentarse a malas caras, comentarios indirectos, chantajes, etc., de los padres de alguno de ellos, porque han decidido no ir a comer todos los días con ellos, cosa que siempre se había hecho así.
O la dificultad de alguien para expresar realmente lo que siente en un entorno familiar donde nunca se habla de sentimientos, y además se piensa que debe ser así, ya que el que lo hace es débil.
O la mujer que tiene que llevarse a su padre a vivir con ella en vez de llevarle a una residencia, a pesar de que vive sola y está con problemas de huesos, y trabaja muchas horas al día y su casa no reúne las mejores condiciones para que viva una persona mayor, pero ¿cómo va a llevar a su padre a una residencia, o turnarse en el cuidado del mismo, después de lo mucho que hizo él por ella?
Pero es que “en nuestra familia nunca a nadie se le dejó tirado en una residencia”…
Hay lealtades más duras, son aquellas que parten del compromiso de no desvelar un secreto.
“Esto queda entre tú y yo”, lealtades a un acuerdo inevitable, doloroso, con graves consecuencias, cuya traición se paga cara, pero que el descubrimiento, la “deslealtad” resulta imprescindible para la sanidad emocional, mental y relacional.