La fidelidad o cercanía entre ciertos miembros de la familia impedían que alguien se realizase.
Estos códigos se definen como el conjunto de creencias y de inhibiciones que conforman nuestra manera de considerarnos y de comportarnos respecto a nuestra realidad emocional.
O sea, en otras palabras: heredamos los problemas de nuestros familiares.
En definitiva, aceptamos ciertas condiciones por miedo a perder el amor, la atención y el favor de nuestros familiares.
Las personas somos capaces de aprovecharnos de este poder emocional.
Véase el caso del artista repudiado por una familia que aspiraba a continuar con una estirpe de renombrados médicos.
Cuando alguien acude a la consulta, siempre debe caber la posibilidad de que la raíz de su perturbación se encuentre en esquemas disfuncionales aprendidos desde la infancia en su contexto familiar.
Por decirlo de otra manera, somos perpetuadores de las carencias de nuestro núcleo, de las creencias y de las expectativas que se nos transmiten.
Sin embargo, eso no quita que llegados a cierto punto de nuestra vida, debamos comenzar a cuestionarnos el mundo.
Somos esponjas de creencias y expectativas, lo cual juega en nuestra contra cuando estos contratos o lealtades familiares invisibles resultan negativos para nuestro crecimiento.
Es importante que examinemos quiénes somos y por qué nos hemos acostumbrado a comportarnos de una manera u otra.
Así, si consideramos que estamos siendo meros repetidores y que es actitud o creencia no nos hace felices, lo mejor es que nos desprendamos de ello.
Podemos hacerlo escribiendo una carta, escenificando un diálogo o conversando con nosotros mismos de cualquier manera.
No obstante, si esto no es suficiente o no nos creemos capaces, es bueno y necesario consultar con un profesional que nos ayude a darle coherencia emocional a lo que nos sucede.