La misión de cada padre para con sus hijos –garantizarles un bienestar, atender a su salud, a su seguridad, a la formación de su carácter, a su crecimiento como personas, etc.– precisa de un marco de respeto mutuo para realizarse.
Si este falta, si los hijos no son receptivos a nuestra guía ni muestran respeto por nuestra autoridad, [dicha tarea] es más difícil.
Entiendan que tienen el derecho a ser respetados y actúen en consecuencia –dice a los adultos–.
Por las investigaciones sabemos que una crianza con autoridad se asocia con resultados más positivos en cuanto al carácter.
Si queremos que nos respeten, debemos respetarlos.
Si queremos que digan ‘por favor’ y ‘gracias’, tenemos que decirlo también nosotros.
Si no queremos que nos hablen con sarcasmo, evitemos el sarcasmo al dirigirnos a ellos.
Si esperamos que nos hablen en un tono de voz adecuado, hagámoslo también.
Traten –aconseja– de no hablar innecesariamente sobre los defectos y errores de otras personas, y explíquenles a los chicos que no nos gusta que otros hablen mal de nosotros a nuestras espaldas.
Intenten ser de quienes hablan bien de los demás.
No permitan que los hermanos se digan unos a otros ‘¡cállate!’, ni que se pongan apodos, sean groseros, sarcásticos o irrespetuosos en modo alguno.
Demuestren físicamente, incluso con juegos de rol, cómo luce y suena el respeto en cuanto al tono, el contenido y el lenguaje corporal.
Y después ilustren la ausencia de respeto, para que los hijos perciban qué maneras son las que no deben emplear.
¿Qué sucede –concluye– si hasta ahora sus interacciones familiares se han caracterizado por las faltas de respeto y las han dejado pasar sin más?
No es demasiado tarde para cambiar esa situación si se adoptan las medidas oportunas para crear una cultura familiar respetuosa.